De
los 32 países de América incluidos en el Índice de Percepción de la Corrupción
(IPC) 2008 de Transparency International (TI), 22 obtuvieron una puntuación
inferior a 5 sobre un total de 10 puntos, lo que demuestra un grave problema de
corrupción, en tanto 11 países no lograron superar la marca de los tres puntos,
lo que indica que existen niveles de corrupción desenfrenados.
Chile
y Uruguay comparten el lugar 23 a nivel mundial y el quinto en el ámbito
regional con 6,9 puntos. Por sobre ellos
están Canadá (1), Estados Unidos (2), Santa Lucía (3) y Barbados (4). Nuestro país marcó una pequeña baja en comparción al informe 2007.
Los resultados reflejan la triste
tendencia que ha afectado a la región durante los últimos años y que persiste
actualmente. Las iniciativas anticorrupción parecen haberse paralizado en gran medida,
lo que resulta especialmente inquietante a la luz de los programas de reforma impulsados
por numerosos gobiernos, así como del lugar preponderante que ocupa el tema de
la corrupción en la agenda política y las campañas electorales en la región.
No
existe una única solución, y el contexto específico de cada país debe ser analizado
independientemente. Sin embargo, pueden identificarse algunos factores
regionales que continúan afectando la lucha contra la corrupción en América
Latina y, en el Caribe.
En
los últimos años, el fuerte crecimiento económico que se produjo en la región,
que en 2007 superó un promedio del 5%, no ha necesariamente conllevado una
reducción de la desigualdad en los ingresos. El Barómetro Global de la
Corrupción 2007 de TI (una encuesta a ciudadanos que registra sus
experiencias y percepciones de corrupción) y otros estudios llevados a cabo por
los capítulos nacionales de TI demuestran que las familias de bajos ingresos
suelen pagar sobornos con mayor frecuencia, los cuales consumen los escasos
recursos del grupo familiar.
Por
ello, Transparency International concentra su labor regional en brindar
asistencia a los sectores empobrecidos para ayudarles a superar el obstáculo de
la corrupción.
El Informe Global de la Corrupción 2007
reveló que América Latina mostraba los niveles más bajos de confianza en el
Poder Judicial, en tanto un 73% de las personas encuestadas en 10 países de
América Latina manifestaron que el Poder Judicial era corrupto. La incapacidad de los sistemas judiciales para
sancionar a quienes cometen delitos en algunos países fomenta la percepción de
impunidad de los sectores poderosos, la sensación de inseguridad entre los ciudadanos
comunes y un menor interés por parte de los inversionistas extranjeros.
En
términos más generales, en 2004, el 43% de los encuestados para el Barómetro
Global de la Corrupción en América Latina señalaron que esperaban que la
corrupción se incrementara en los siguientes tres años; en 2007, este
porcentaje ascendió al 54%. Por lo tanto, es fundamental que los
gobiernos actúen con celeridad para alcanzar resultados concretos y visibles.
Una de las primeras cuestiones que deben ser abordadas es la deficiencia
estructural que permite que redes de personas, tanto lícitas como
ilícitas, desvirtúen las políticas públicas para su propio beneficio y
pongan en riesgo la calidad del gobierno, así como su capacidad de actuar con
miras al bien general.
Estas
cuestiones comunes son, aparentemente, determinantes para alimentar la perpetua
sensación de que no se logran avances en la lucha contra la corrupción en
América Latina y el Caribe. Si bien la región ha avanzado notablemente en la
adopción de las convenciones y los instrumentos legales contra la corrupción,
resulta claro que muchos países aún no aseguran la efectiva vigencia del
imperio de la ley.
En
el caso de América del Norte, aunque la situación en Estados Unidos es
diferente, esto no implica que sea necesariamente mejor. La puntuación de EE.
UU., de 7,3 en 2008, ha sufrido un leve descenso durante los últimos años, y su
posición en el ranking mundial (18) continúa siendo una de las más bajas entre
los principales países industrializados del planeta. Algunos de los factores
que inciden en esta situación son la sensación generalizada de que la política
financiera debe ser objeto de reforma, y la percepción de que los grupos de
presión y ciertos grupos de



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