Por Emerson Peredo
Cada
cierto tiempo tenemos la suerte de que nuestros días salen de lo común para
convertirse en algo diferente y hasta divertido.
Ayer
llevé mi auto al “médico” porque le correspondía control. En vez de conseguirme
el vehículo de mi viejo para ir al trabajo, decidí hacerlo en el transporte
público. Que delicia.
De
partida, no sé de qué se queja tanto la gente que entrevistan en Chilevisión (o
Piñera Channel) y MEGA (o Claro Channel), porque creo que el sistema funciona
perfecto.
Después
de dejar el auto, caminé hacia el metro por las calles y desde ahí ya comencé a
sentir ese contacto con la gente, con el pueblo, con el peligro de ser asaltado
y filmado por las cámaras de vigilancia. Ese gusto por el paseo en la ciudad.
Compré
mi tarjeta BIP, que por cierto, es bastante bonita y sólo cuesta mil doscientos
pesos, y abordé el tren hacia mi destino.
Sentí
de inmediato ese roce con el pueblo. Ese olor a clase media que se respira en
el metro. No sé si será el tiempo el que me hizo olvidar, o el olor del perfume
Paco Rabanne que compro en el dutty free del aeropuerto cada vez que la
compañía donde trabajo me hace viajar al extranjero, o quizás será ese aire
emprendedor de mis compañeros de trabajo, amigas y amigos que viven solos en
departamentos o casas, con sus autos de patentes con cuatro letras.
No
sé que será, pero hoy en el metro me sentí mucho más Chileno, me sentí cercano
a la mayoría, lejos de los privilegiados ignorantes del verdadero ambiente de
realidad sin oportunidades. Que delicia.
Por
si fuera poco, hice transbordo con una micro oruga. En el paradero la gente
fumando a las 10:30 am, perros durmiendo junto a todos nosotros, y escolares
pokemones chupando un dulce, dueñas de casa con sus críos me imagino que hacia
el consultorio. Eso sí que tiene sabor, eso sí es tragar una empanada, eso sí
es un choripán con pebre, es sexo sin condón, es como nadar sin flotadores y la
bicicleta sin rueditas.
De
vuelta al taller, a la hora punta de regreso a casa para la mayoría de la
gente, me topé con las secretarias con cuarto medio y los señores de corbata
que no ganan más de doscientas cincuenta lucas. Todos se ven más agotados que
en la mañana, pero sin duda felices.
Lo que es yo, feliz. Extrañaba todo esto, extrañaba ver a tanta mujer chilena linda, y sentir el calor de mi gente.


Hay algo en las lìneas que me hizo leer el artículo completo...
Eres feliz en el metro, por viajar ahí un día??? y lo repetirías por una semana, en pleno verano a las 8 am o a las 6:30pm con 35º celcius... con un recorrido de unas 8 estaciones..mínimo.... creo que es excelente reconocer que el sistema funciona... pero el dia a dìa es otra realidad... El dejo se superioridad , mesclado con el disfrute de un dìa normal del chileno tìpico... me cuesta imaginar quien lo escribe...
Leer tu historia me hizo reflexionar un poco... hace mucho que no lo hacía....Gracias...
La verdad es que no me sorprendí y tampoco creo que sea algo nuevo lo que escribió nuestro amigo Emerson. Creo que el 80% del chileno piensa o actúa igual, pero somos pacatos y cinícos, preferimos andar en el rebaño cabeza gacha y no gritar, hasta que la persona de al lado lo hace.
El autor da su opinión y me parece honesta y realista. De hecho me recordó los mejores momentos del "Chino" Ríos, que no tenía asco en escupirle en la cara a un viejo reportero deportivo "usted no sabe nada de tenis".